Título: “Occitanismo y Catalanismo: elementos para una comparación con especial referencia al Provenzal y al Valenciano”.
Autor: Philippe Blanchet
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Ponencia del II Congrés de Llengua Valenciana. Valencia, Noviembre 2003.
Nota: Copyright del autor y del II Congrés de Llengua Valenciana.

     

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Occitanismo y Catalanismo: Elementos para una comparación con especial referencia al Provenzal y al Valenciano

 

por Philippe Blanchet

Profesor de Sociolingüística, Universidad de Rennes 2, Alta Bretaña, Francia

Director del Centre de Recherche sur la Diversité Linguistique de la Francophonie

(EA ERELLIF 3207)

 

         Tanto el Provenzal como el Valenciano (entre otros casos) se enfrentan a un proceso similar algo sorprendente de que puedan convertirse en “dialectos” de otras así llamadas “lenguas minoritarias”. El Valenciano, el tema principal de este congreso, tiene que hacer frente a la presión del Castellano dentro de un sistema disglósico usual (“una lengua vehicular estatal versus una vernácula local”) y a la presión del Catalán, un vecino muy poderoso. El Provenzal tiene que hacer frente a la presión del Francés y del Occitano (un vecino ligeramente menos poderoso). Todas las lenguas implicadas en estos complejos procesos son romances y, por tanto, bastante próximas entre sí desde un punto de vista tipológico puro.

         El Valenciano satisface los criterios sociolingüísticos (incluyendo los sociopolíticos) para ser considerado como una lengua distinta (y no como variedad del Catalán). Una prueba notable de esto es el hecho de que así ha sido reconocido oficial y democráticamente por la Comunidad Valenciana en 1982 y 1983, dentro del marco de la Constitución Española de 1978. No obstante, algunas personas y organismos procedentes de diversos campos siguen insistiendo en afirmar que es Catalán, por diversas razones bien conocidas y refutables. No profundizaré más en este asunto que ya ha sido estudiado con precisión por los especialistas del Valenciano.

         El Provenzal satisface los criterios sociolingüísticos (incluyendo los sociopolíticos) para ser considerado como una lengua distinta (y no como variedad del Occitano). Una prueba notable de esto es el hecho de que así ha sido reconocido oficial y democráticamente por el Consejo Regional de Provenza el 17 de octubre de 2003 (véase el documento en el anexo), tras unos decenios de un debate creciente contra la posibilidad de que fuera considerado una variedad del Occitano y dentro del reciente contexto de la aceptación moderada de las lenguas regionales en la República Francesa. No obstante, algunas personas y organismos procedentes de diversos campos siguen insistiendo en afirmar que es Occitano, por diversas razones poco conocidas y también refutables. No profundizaré más en este asunto que ya he estudiado con precisión y presentado hace dos años a los especialistas del Valenciano (en el 1er Seminario Internacional sobre Lenguas Menos Usadas  que tuvo lugar en la Ciudad de Valencia, organizado por la Real Academia de Cultura Valenciana en 2002, véase Blanchet 2003).

         Mi  propósito en esta comunicación es presentar datos y un análisis de la estrategia de un movimiento llamado “occitanismo”, que ha tratado de imponer su visión unificadora de las lenguas romances habladas en el sur de Francia. Su comparación con el movimiento catalanista (con el que está relacionado) nos podría ayudar a comprender la forma en que se desarrollan este tipo de movimientos y la manera en que deberían ser tenidos en cuenta por las políticas lingüísticas. El objetivo de mi análisis es tanto teórico como práctico. Tengo que precisar claramente que esta comparación sólo es significativa en cuanto a las similitudes, porque también hay diferencias importantes entre las dos situaciones.

 

 

Orígenes y contexto de la competencia Occitano (singular) versus Lenguas de Oc (plural)[1]

         La situación sociolingüística de las variedades de Romance habladas en la mayoría de las partes del sur de Francia (i.e., dentro de sus fronteras actuales) ha sido observada y comentada predominantemente desde un punto de vista particular político y teórico durante los últimos decenios: el occitanista, que las presenta como una lengua unificada llamada Occitano. Sin embargo, las variedades con las que trataremos de ahora en adelante, que se extienden desde Gasconia hasta Provenza, desde Lemosín y Auvernia al Languedoc, se han conocido e identificado con diversos nombres y clasificaciones a lo largo de los siglos: Provenzal, Lengua de Oc, Occitano son las globales más conocidas, pero Lemosín o Galo-romance del sur también se han utilizado en contextos históricos más específicos, y los nombres más locales tales como Gascón, Bearnés, Rouergat, Auvergnat, Nissart, y hasta incluso Patois  han sido siempre los utilizados con más frecuencia –y a veces los únicos- por los propios hablantes. Ha habido una excepción muy debatida para las variedades del Rosellón (alrededor de Perpignan) y el resto del dominio catalán, que ahora se considera definitivamente que constituye una lengua distinta bien definida conocida como Catalán.

         Desde la Edad Media hasta el siglo XIX, estas variedades han sido citadas fundamentalmente por filólogos bajo la forma del “Antiguo Provenzal”  de los viejos trovadores.  Desde el siglo XVI en adelante, diversos observadores también notaron, aquí y allá, estas variedades como los “dialectos” locales (e incluso “patois”) habladas por la mayor parte de las secciones de la sociedad en las provincias del sur que gradualmente fueron formando parte del reino de Francia (véase Brunot 1901: libros 5, 7, 8). En el siglo XIX surgió un nuevo punto de vista, en primer lugar porque los comparativistas y dialectólogos se interesaron en descripciones más precisas de estos descendientes del Latín. Sin embargo, en estas observaciones no había muchas consideraciones sociolingüísticas.

         Fue más tarde, con el surgimiento de los primeros partidarios políticos de asuntos lingüísticos y el surgimiento de partidarios políticos de ciertas lenguas, como la imposición del Francés como símbolo de la unidad nacional a partir de la Revolución de 1789, o el Bretón y el Provenzal apoyados, en oposición a la política monolingüe francesa, por intelectuales locales desde mediados del siglo XIX en adelante,  cuando comenzaron a hacerse consideraciones sociales o políticas. Pero es solamente a partir de los años 1970 cuando comenzaron a elaborarse estudios rigurosos en Francia, que coincidieron con que la primera generación de sureños franceses monolingües fuera siendo mayoría, cuando la situación sociolingüística y los problemas de estas variedades fueron por fin analizados, referenciados y fueron conocidos internacionalmente por medio de informes científicos y políticos.

         El contexto ideológico de la época en Francia y Europa Occidental tuvo una profunda influencia en estos acontecimientos. El fin del colonialismo engendró y promovió la idea de los derechos de los pueblos a la autodeterminación, junto con la idea de la protección de las minorías. Ideas más o menos marxistas y liberales de izquierdas (aquí utilizamos “liberal” en su sentido inglés) estaban en el aire tras la pequeña “revolución” francesa de 1968. En España, el retorno a la democracia posibilitó que los nacionalistas catalanes y los sociolingüistas catalanes organizaran el renacimiento del Catalán tras decenios de dominación castellana en Cataluña con Franco. Y resulta que el Catalán es un vecino muy próximo de las variedades que se hablan en el lado francés de la frontera, alrededor de Toulouse y Montpellier... Desde los años 1950, una evolución gradual y limitada de la autoridad francesa, primero tolerando y luego “promoviendo” las lenguas regionales de una forma limitada, creó unas pocas oportunidades para actuar y unos pocos campos de poder simbólico, incluyendo cargos en las diversas administraciones (la mayoría en educación). Tuvo lugar una creciente competencia entre los partidarios de las diversas opciones políticas lingüísticas. El conflicto era –y sigue siendo- muy difícil en el sur de Francia, debido a que (i) las diferentes opciones ya habían dividido claramente a los activistas de diversas regiones bajo la sombra del inevitable provenzal F. Mistral; (ii)  es el conjunto más grande de zonas lingüísticas “regionales” de Francia (en espacio, en hablantes, en prestigio, etc.); (iii) la extensión del idioma funcionaba rápida y dramáticamente, amenazando el uso y supervivencia de las variedades locales. En semejante contexto histórico, la afiliación a determinadas ideologías “liberales” políticas de moda podrían parecerles a algunos de los activistas ser estrategias eficientes –y a veces coherentes, especialmente cuando eran sinceras. Decir que alguien era conservador o simplemente no suficientemente exigente era una estrategia eficiente de exclusión. Además, las recientes victorias  sobre Pétain, Hitler y Mussolini (y más tarde sobre Franco), y las subsiguientes oleadas de “caza de brujas” que tuvieron lugar (con mucha gente mostrando una nueva cara y tratando de que se olvidara su pasado reciente), la caída gradual de dictaduras comparables en Grecia y Portugal, todo ello proporcionó a ciertas personas una forma fácil de derribar a sus competidores: acusarlos de colaboración con los fascistas también era terriblemente eficiente, aunque fuera absolutamente falso. Se han librado todas estas batallas, y todas estas estrategias han sido utilizadas una vez u otra en el campo de la sociolingüística en el sur de Francia.

 

El ascenso del Occitanismo – entre la sociolingüística y la acción política

         La historia del Occitanismo (como “el movimiento de acciones y presiones a favor del Occitano”) ya ha sido descrita desde diversos puntos de vista (Nelli 1978; Barthès 1987; Jeanjean 1992; Fourié 1995; Lafont 1997; Abrate 2001), aunque los cadáveres en el armario, recientemente descubiertos, sólo son conocidos por unos pocos especialistas (véase más adelante). Esta historia no es el tema de este volumen. Sin embargo, parece necesario señalar la confusión fundamental de los estudios sociolingüísticos y las ideas militantes que es característica de los ampliamente distribuidos y conocidos artículos y libros publicados sobre el “Occitano” por occitanistas desde los años 1950 (e.g. Lafont 1951 1954 1967 1971 a/b 1973; Bec 1963; Armengaud et Lafont 1979; Kremnitz 1981; Sauzet 1988; Boyer 1991 y 2001...). Este círculo vicioso de investigación sociolingüística dirigida por ideologías y el activismo político apoyado por investigaciones fue claramente identificado por Kremnitz (1988a: 5, 7, 27-28), citando a R. Lafont (1972ª: 19) el mismo:

         “Debemos decir claramente, a nosotros y también a otras personas, que nuestro trabajo está impregnado de una ideología occitanista: la búsqueda de la existencia de los occitanos como tales”[2]

         Esta postura subjetiva fue confirmada por un importante sociolingüista francés, especialista en la política lingüística corsa y francesa fuera de los círculos occitanistas, ya en 1979 (Marcellesi 2003: 111, reimpresión de 1979):

         “El hecho de que sólo existe el Occitano, en vez de Auvergnat, Provenzal, Languedoc, etc. (...) es un elemento de las representaciones presentes dentro de los grupos sociales que imponen su hegemonía cultural”

         La mayoría de los sociolingüistas y lingüistas occitanistas (Camproux, Bec, Nelli, Gardy, Giordan, Boyer, Boisgontier, Ravier, Lagarde, Sauzet...) pertenecen a organizaciones militantes occitanistas, fundamentalmente al Institut d’Estudis Occitan (e. g. R. Lafont fue presidente del IEO).

         La audiencia de la posición occitanista, debido a una estrategia política eficiente (véase más adelante) y a la ausencia de ningún otro centro de investigación sociolingüística en el sur de Francia hasta los años 1980[3], fue tan extensa que muchas personas, incluyendo sociolingüistas y minoritólogos de varios países, utilizaron estos trabajos como las fuentes más importantes de información y referencia (e. g. Schlieben-Lange 1971; Kremnitz 1981; Ager 1990). Ellos mismos contribuyeron a la difusión de estas posturas, de forma que se fueron dando por sentado cada vez más. Sin embargo, el discurso occitanista produjo más postulados políticos y teóricos preformativos que las verdaderas observaciones sociolingüísticas, contribuyendo a ello además la escasez de trabajos de campo que se realizaban. La propia existencia del “Occitano” como una única lengua distinta, presentada como un hecho lingüístico en la mayoría de los casos, con muy poca discusión, en los trabajos occitanistas, siempre ha sido contradicha por fuentes científicas independientes (e.g. Soutet 1995: 38; Grimes 1996; Francard 200: 9; Wurms 2001....), por lingüistas del sur de Francia ajenos al círculo occitanista (e. g. Marcellesi 1979 y 2003; Laffite 1996; Blanchet 1992 y 2002a; los colaboradores a partir de aquí), por diversos lingüistas por lo menos en lo que a Gascon se refiere (véanse generalidades en Chambon y Greub 2002) por los datos básicos e incluso por partidarios occitanistas como Kremnitz mismo:

         “No parece posible lograr un consenso sobre el sistema ortográfico ni definir una variedad referencial aceptable (...). Ya que no parece posible el consenso entre los hablantes de Occitano sobre cuestiones tan fundamentales como el nombre de la lengua, su dominio geográfico, sus funciones sociales y comunicativas, no debería esperarse el fin de los debates” (1988b, 8).

         “Obviamente tenemos que admitir que el mismo hecho de reconocer la existencia de una lengua occitana[4] reside en un postulado ideológico” (2001:22).

 

Opciones conceptuales e ideológicas para el occitanismo

         Muy brevemente, el proyecto occitanista reside en las siguientes opciones:

- Adoptaron la definición catalanista de disglosia (Aracil 1965; Ninyoles 1969): se considera que la disglosia es un síntoma del conflicto histórico entre dos comunidades nacionales que sólo se resolverá por la victoria de una lengua y una comunidad sobre la otra. Si gana la dominada, el proceso de normalización hace que el uso de la lengua sea “normal” nuevamente en todas las situaciones sociales y sea rechazada la dominante anterior; si es la dominante la que gana, el desplazamiento final de la lengua eliminará a la dominada (Gardy y Lafont 1981; Boyer 1986 y 1991; véase un buen estudio en Kremnitz 1998ª: 12-13, 18 y 1987 ). Se rechaza el bilingüismo (especialmente bajo la forma de una disglosia relativamente estable) y otras “interlenguas” o “mezclas de códigos” como variedades regionales del Francés (ahora el más hablado y la marca de identidad más fiable para el francés del sur), y se le acusa de reforzar la disglosia, y ayudar consecuentemente a triunfar a la comunidad dominante (de aquí el concepto de “francitano”)

- Adoptaron el modelo catalanista de

(i)                 afirmación nacional tal como fue desarrollada entre 1850 y 1950,

(ii)               normas lingüísticas (normalización y ortografía adaptada al occitano) tal como fueron desarrolladas por P. Fabra, y por último,

(iii)              la política lingüística tal como fue desarrollada y aplicada en España a partir de los años 1970, tras el regreso a la democracia.

Los primeros activistas occitanistas, como Perbosc, Estieu y Alibert, trataron de crear antes de la Segunda Guerra Mundial una “Gran Occitania” incluyendo Cataluña y haciendo uso de su fuerza: incluso obtuvieron fondos de los catalanistas para publicar los primeros periódicos occitanistas (Occitania, Oc) y fundaron la Societat d’Estudis Occitans que luego se convirtió en el Institut d’Estudis Occitans según el modelo del Institut d’Estudis Catalans (Giordan 1983; véase un resumen en Barthès 1987: 315-377; Boyer 1991; Kremnitz 1988a: 8-9).

- Siguiendo esta estrategia, la lengua dominada debería estar:

(i)                 concebida según su definición más amplia posible para que sea lo más fuerte posible.

(ii)               ligada a una identidad nacional, y

(iii)              provista de todas las características y herramientas de la lengua vehicular dominante (con el fin de sustituirla).

La normalización lingüística y gráfica occitanista se basó en un Occitano “central” (i. e. “Languedociano”) combinado con el “Occitano” medieval, y tratando de que se pareciese al catalán lo más posible, reduciendo las fuertes divergencias entre los diversos “dialectos”, pero acabó siendo tan extraño y complicado que los hablantes ordinarios ni siquiera podían reconocer ni leer la lengua que se suponía era la suya propia. Una parte importante de la “concienciación nacional” que trataron de crear se basaba en lo siguiente:

(i) la historia de los Trovadores y de la Cruzada Francesa contra los Albigenses, por medio de la cual el rey francés tomó el País de Toulouse en el siglo XIII (e. g. Sède 1982 y Lafont 1971ª: 180; véase también Barthès 1987: 88-91; Kremnitz 1988ª: 6) a pesar de que este distante acontecimiento religioso sólo afecta a una pequeña parte de “Occitania”; y

(ii) el uso erróneo constante del Occitano (como identidad cultural o nacional) para el “hablante occitano”que pronto llevó a la creación del concepto de “Occitania” (como país o nación, de aquí la idea de “Gran Occitania” –e. b. Lafont 1971ª; Armengaud y Lafont 1979; Anghilante 2000- según el modelo de tantos imperialismos nacionalistas) y el uso regular erróneo del Occitano por “Occitanista” (e. g. Kremnitz 1988; Boyer y Gardy 2001, entre otros).

         Estas confusiones en los discursos y textos produjo la impresión de que todos los hablantes de las variedades reunidos bajo una “lengua Occitana” poseían de hecho el sentimiento de ser occitanos (una especie de identidad nacional o étnica –e. g. Armengaud y Lafont 1979), que vivían en una especie de país unido llamado “Occitania”, ¡y que compartían el punto de vista occitanista etno-nacionalista sobre su lengua, cultura, pueblo y país!

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- Los llamados Occitanos que no se sienten “Occitanos”, i. e., los hablantes que ni conocen ni aceptan la “unidad de la lengua” son considerados como que tienen una  especie de “desorden mental” debido a su situación disglósica. Se dice que son unos extraños para ellos mismos y para su lengua porque su identidad ha sido pervertida por la dominación francesa: esta es la teoría de “alienación étnica” (Lafont 1965-67; Kremnitz 1988ª: 14-16; Castela 1999) y de la “neurosis disglósica” (Lafont 1984ª). Uno de los principales objetivos de la acción occitanista debería ser, pues, “descolonizar” Occitania (Lafont 1971b; un resumen en Barthès 1988: 399-402 y Bayle 1973) y “desalienar” a los occitanos (Lafont 1970; Lafont 1971ª: 125-130 y 225-227; Kremnitz 1988: 15-16). Este objetivo ha sido abordado por todos los medios políticos, i. e. por maniobras políticas, por tres razones principales:

(i)                porque una gran mayoría de franceses del sur actualmente se niegan a aceptar este programa (cuando saben que existe); los occitanistas sólo constituyen un grupo muy reducido de militantes e intelectuales muy activos: su principal asociación, el Institut d’Etudes Occitanes ha tenido una media de solamente 1000 miembros durante los últimos veinte años (Marti 1995: 116; Jeanjean 1992; véase Marcellesi 2003: 119 “en el caso del Occitano, el sueño de la uniformización es compartido por una minoría muy reducida”);

(ii)               porque el occitanismo se encuentra con oponentes muy poderosos tales como otros intelectuales, otros investigadores, otras asociaciones e instituciones, incluso representantes locales del pueblo (véase Bayle 1973; la respuesta de Mauron en 1983 al informe de Giordan; la introducción del Alcalde de Pau en Moreux y Puyau 2002)[5], y  simplemente los hechos objetivos (la situación francesa es mucho más variada y muy diferente de la española);

(iii)             como a menudo forma parte de determinadas clases de ideologías y sistemas de creencias nacionalistas sostener que tienen razón por encima de todo, tratan entonces de conseguir sus objetivos por medios no democráticos o incoherentes, para “que la gente sea feliz a pesar de su deseo (distorsionado)”

 

Maniobras políticas

         Arrojemos una buena luz aquí sobre los tres ejes fundamentales de las maniobras políticas occitanistas.

(i)                Uno de los más importantes está arraigado en la oposición sistemática a los intelectuales provenzales y promotores de la lengua (incluyendo las asociaciones),  la oposición al renacimiento provenzal a partir del siglo XIX, y las características relacionadas (ortografía, escritos, normas lingüísticas, actividades...), y lo que es más, a  la  lengua Provenzal y a las propias identidades. Evidencia de ello se puede encontrar ya en Lafont 1954, que comenzó a difundir la visión de un Mistral que se suponía que era “conservador” y con mucho menos talento de lo que normalmente se cree, con el fin de deshacerse de este antepasado embarazoso (véase también Lafont 1971ª: 137; Armengaud y Lafont 1979: 775; un buen resumen de las posiciones anti Mistral en Bayle 1975: 137-139). La seria y objetiva biografía de Mistral hecha por Mauron (1993) ha corregido esto mucho después. En una escala más amplia, la famosa organización de Mistral, el Félibrige, fue constantemente atacada y acusada de no ser más que un grupo de burgueses tradicionalistas (Lafont 1971ª: 137-151; Pasquini 2001; un resumen en Barthès 1988: 415-416) cuya lengua y acciones fueron presentadas como cada vez más distantes del pueblo (Garavini 1970: 144; Pasquini 1986: 109-110 y Pasquini 2001). Se dijo que habían elegido su propio dialecto “inferior” provenzal local, muy influidos por los franceses, para convertirlo en la norma de referencia para toda la Lengua de Oc, y su sistema ortográfico se presentó como una mera adaptación del francés, por tanto imposible de aplicar a cualquier otro dialecto (e. g. Bec 1983: 107; Pasquini 2001; Kremnitz 2001: 30-31). Del propio Mistral, porque su gloria podía ser útil, se dijo que había preferido una especie de ortografía occitanista primero y haber sido obligado a adoptar este otro sistema por su maestro Roumanille (Lafont 1972b: 18; Armengaud y Lafont 1979: 884; Kremnitz 2001: 30; véanse las correcciones en Barthès 1987: 201-205 y Mauron 1993: 104-105).

         El mero hecho de sentirse “provenzal” y no “occitano” se señalaba como una traición que era resultado de la “ruptura” de la unidad occitana por parte de los franceses... (e.g. la última palabra de Lafont en Boyer y Gardy 2001: 468). La minimización de la posición de la lengua provenzal, la ortografía y la fuerza cultural también ha sido una estrategia constante occitanista. Sibille (2000: 36) escribe que “Una fracción radical de los movimientos provenzalistas se niegan al consenso [con los movimientos occitanistas] y sigue manteniendo la polémica sobre estas cuestiones”. La llamada “fracción” resulta ser una gran mayoría, de hecho (véase Blanchet 2002a). Lafont (1972b: 5 y 20) afirma que la reforma ortográfica occitanista “ha tenido éxito atrayendo a los nuevos escritores provenzales (...) cuya mayoría tienen menos de cincuenta años”. Suele ser un argumento habitual por parte de los occitanistas, el deseo de aparecer “modernos y triunfantes”, pero esto no reside en datos básicos: por el contrario, cuando se recogen datos objetivos, se revela que hasta el 90 por ciento de las asociaciones provenzales en funcionamiento en 1990 y el 95 por ciento de los escritores contemporáneos provenzales (incluyendo a los más jóvenes) han elegido la ortografía provenzal “mistraliana” (Blanchet 2002ª: 16-20 y 117). Además, algunos de los escritores raros y famosos que utilizaban la ortografía occitana acabaron por volver a la “mistraliana” (e. g. S. Bec 1980).

         Muchos estudios rigurosos (a menudo recientes) han demostrado que casi todo esto es erróneo (véase Barthès 1987; Duchêne 1982 y 1986; Mauron 1993; Calamel y Javel 2002;  resúmenes en Blanchet 1992 y 2002a). Esta estrategia de estigmatización se explica por dos razones principales:

(a)              Mistral y su Félibrige eran tan famosos que fue necesario desestabilizarlos con el fin de sustituirlos;