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La Unidad de la Lengua: Falsedad y Mito
por Alfonso Vila Moreno
I
UN REINO INVERTEBRADO
La conquista de las tierras valencianas por Jaime I dio lugar,
sólo “de iure”, a la creación de un nuevo reino cristiano desgajado
bruscamente del poder musulmán. Su consolidación fue un proceso lento: los
límites no se alcanzaron hasta 1305 con la incorporación del sur de la
provincia de Alicante (y aún fueron retocados en los siglos XVIII y XIX),
la permanencia del numéricamente importante contingente morisco se alarga
hasta 1609 y en todo momento se constata una intensa amalgama de
pobladores capaz de hacer variar, en ciertos lugares y momentos, la lengua
hablada de amplias comarcas.
El Reino de Valencia es, pues, una creación política de Jaime I;
pero, por otra parte, tampoco esto significa que sea una nación creada
“ex novo” por el Conquistador, ni tan siquiera una prolongación
unilateral de Aragón o Cataluña. El supuesto predominio de las gentes
catalanas en los momentos de la conquista sólo puede explicar la
implantación de su idioma en las zonas en que tuvieron clara supremacía
repobladora, como lo hizo el castellano-aragonés en otras zonas del Reino;
pero no se dan motivos suficientes para argüir que la impusieron en todo
el nuevo dominio de Jaime I. Por otra parte, difícilmente podremos
saber que lengua usaban realmente los soldados y colonos del siglo XIII,
ya que los testimonios que podemos analizar son escritos y provenientes en
su totalidad de escribas/notarios/clérigos de la corte de Jaime I
en la que además del latín se estaba usando ya un rudimentario y vacilante
romance, al igual –con las lógicas diferencias regionales- que en el resto
de la península. Una nueva dificultad se suma a la ya de por si difícil
investigación de la génesis de nuestra lengua: la permanencia de los
mudéjares y la consiguiente repoblación tras su salida en 1609 puesto que
es constatable el cambio idiomático en los años posteriores en algunas
zonas y en ningún caso se puede asegurar que el habla actual sea la misma
que tuvieron en los años posteriores a la conquista.
Difícilmente puede hablarse pues, durante los siglos XIII y XIV, de una
“nación” valenciana o de una lengua propia en un territorio invertebrado
geográfica y culturalmente, compartido con los mudéjares, capitalizado por
la ciudad de Valencia y habitado por grupos tan dispares culturalmente
como catalanes, aragoneses, castellanos y lenguadocianos entre otros. Es
ya durante la segunda mitad del siglo XIV cuando la estrecha amalgama de
pueblos da lugar a una generación autóctona que empieza a sentirse
valenciana y a denominar a su habla “propia” valenciano dentro de un
proceso de diferenciación territorial semejante, aunque más tardío, al
experimentado por los otros romances neo-latinos.
No se puede negar que por la
proximidad geográfica, la afinidad demográfica y las estructuras
administrativas del momento los valencianos y también su lengua, son, en
ocasiones, tenidos por catalanes; pero este fenómeno es también semejante
y comparable al que, siglos antes, habían sufrido los catalanes respecto a
los francos y en ningún momento han pretendido ser considerados franceses
sus sucesores. Y no sería difícil aportar docenas de casos en los que se
haya dado una emancipación nacional sin que se insista –en nuestro caso
hasta la saciedad- en practicar la regresión histórica que se propugna
para Valencia.
II EL SIGLO DE ORO Y LA DECADENCIA
El
florecimiento literario del siglo XV supone la plena madurez del pueblo
valenciano, cuya lengua no encuentra en aquel momento parangón alguno
entre aquellas que florecen en los territorios mediterráneos vinculados a
la corona de Aragón y este esplendor, que coincide con los momentos de
máximo predominio político, va a quedar grabado como impronta en las
mentes de los ilustrados del siglo XVIII y de los románticos de la
centuria siguiente.
Dos teorías radicalmente diversas
intentan explicar el origen de nuestra lengua y aportan en su defensa
pruebas “decisivas” para demostrar su autoctonía o implantación
respectivamente. Sin embargo entendemos, como hemos apuntado más arriba,
que tanta importancia, si no mas, que su presunto inicio, tiene el
análisis de su lenta configuración hasta llegar a su esplendor ya con el
nombre claro, contundente y diáfano de lengua valenciana.
La obra de Ausias March, Jordi de San Jordi, Roiç de
Corella, Sor Isabel de Villena o Jaume Roig acaba de
conformar una lengua que, en adelante, va a mantener una personalidad
diferenciada de su vecina catalana, claramente constatada en bastantes
documentos escritos en los que aparecen suficientemente separadas ambas
denominaciones. En lo sucesivo y casi hasta nuestros días ambas
codificaciones lingüísticas serán, a nivel popular –que es el único
criterio existente en aquellos momentos- dos lenguas diferenciadas, sin
interferencias y propias de sus respectivas comunidades por mas que se
sientan unidas por estrechos vínculos gramaticales y caminen parejas en su
marginación y degradación.
La llegada de la imprenta, que atiende prioritariamente a aspectos de
difusión comercial, la codificación que Nebrija dio al castellano,
la expansión de esta lengua por las Indias, a mas de la llegada a la
realeza de Aragón de los Trastamara y la ausencia de un relevo
generacional parejo, llevan a una súbita decadencia de nuestra lengua, que
se refugia en el ámbito rural, familiar y siempre popular, dándose entre
los siglos XVI y XIX un periodo oscuro en el que apenas se dan testimonios
literarios en valenciano y abundan las lamentaciones por la marginación a
que se ha llegado y no sólo por el profundo cambio político a que ha dado
lugar la derrota de Almansa sino, también, por la indiferencia y
menosprecio de los propios valencianos ya desde la centuria del
quinientos.
Se llega a temer, incluso, por su desaparición; pero nunca estuvo
“muerta” sino que a lo largo de los siglos se mantuvo plenamente viva
en ciertos ámbitos para-literarios y en la casi totalidad de las
comunidades rurales a lo largo del Reino, aunque con una progresiva
degradación y aumento del nivel de mestizaje con el poderoso y oficial
castellano que incitan ya no sólo a las lamentaciones contemplativas
antecedentes sino al planteamiento de fórmulas que remedien tan lamentable
situación: simple conservación en Carles Ros, enseñanza en
Manuel Sanelo, retornar a los clásicos de Marc Antoni de Orellana
y Justo Pastor...
III LA NOSTALGIA DEL LEMOSÍN
En este periodo de reflexión regionalista del siglo XVIII, y tal vez al
comenzar a sentirse la pérdida de los Fueros se constata como va surgiendo
el sentimiento nostálgico de un pasado glorioso, tanto política como
culturalmente y toma fuerza la entelequia de la unidad de la lengua
lemosina como mito aglutinador y superador de la división y decadencia
contemporánea.
El lemosín no es ya para aquellos candorosos patriotas del siglo XVIII:
Ros, Galiana, Sales, Collado, Sanelo,
Orellana... sólo la lengua de los trovadores occitanos a la que
diera nombre Ramón Vidal en los principios del siglo XIII, es la
lengua literaria –“tenida por la más culta de Europa”- de un vasto
“imperio”, que se hizo extensivo hasta nuestras tierras gracias al
invicto rey Conquistador, común para provenzales, catalanes, mallorquines
y especialmente valencianos, quienes la llevaron a su cumbre esplendorosa
durante el Siglo de Oro: “La lengua lemosina cuando era cultivada con
esmero debió llegar a muy alto grado de perfección, puesto que sus poesías
sirvieron de modelo á los italianos... Pero es de notar que si bien en
todas partes hizo adelantos, en el Reino de Valencia fue donde mas se
embelleció” (J. A. Almela, 1841). Es el lemosín, en definitiva
–para los escritores valencianos- la utopía lingüística percibida; el
modelo inalcanzable; pero digno de imitación, el canon a seguir frente al
degradado dialecto popular, ocurrente, vulgar, castellanizado, marginal y
sobre todo familiar que ha llegado a ser el “valenciano”. (Para los
catalanes es, además, un intento de asumir como propio un pasado cultural
que consideran común al no poder presentar un siglo de oro específicamente
suyo).
Más tarde, con la llegada del romanticismo historicista de cuño francés
el mito tendrá una nueva referencia. Dentro del intento del poeta
provenzal Federico Mistral por conseguir la unión literaria del
“felibrige” (superado incluso por los intentos neo-latinistas -el “llatinisme”-
surgidos en su entorno), el movimiento lemosín del ámbito hispano,
diestramente capitaneado por el catalán Víctor Balaguer, exalta el
mito de la “germanor”, rápidamente asumido por la práctica
totalidad de los poetas rat-penatistas. Para este grupo de amantes de las
antiguas glorias el catalán llega a ser pronto no sólo una lengua hermana
(“besona” dirá Palanca en unos conocidos versos) sino la
hermana mayor a la que hay que seguir también en el intento de recuperar
el ya ininteligible léxico antiguo y a la que se debe imitar en su
esfuerzo por devolver el esplendor casi extinguido a través de los “Juegos
Florales” y de las asociaciones culturales: “Catalunya es un poble/
digne d’imitació” sentenciaba Llombart en 1884 o (Cataluña)
como dirá R. Trullenque (líder de las JVR) en 1915: “Es la
hermana mayor que nos señala a Valencia y a Mallorca el camino de la
vida... Y además es el cerebro de España”.
Grande es el sentimiento de admiración que estos prematuros y
minoritarios intentos de los hermanos catalanes producen en los contados
poetas valencianos de los primeros momentos de la “Renaixença”:
Llorente, Querol, Labaila, Ferrer Bigné... que
llega a la sumisión cuando Querol titula sus escasísimas
composiciones vernáculas como “Rimas catalanas”; pero la identidad
valenciana se mantiene intacta y no se acepta la propuesta de los
barceloneses de incluir toda la nueva poesía vernácula dentro del marco
referencial del catalán. T. Llorente es el máximo exponente de este
sentimiento diferenciador aún a costa de refugiarse en el mito que, en ese
momento, los estudios filológicos están ya arrumbando, del lemosín:
“Los catalanes quieren dar el nombre de “Literatura catalana” al conjunto
de literatura “de oc” en España, comprendiendo las tres ramas: catalana
propiamente dicha, valenciana y balear. Los valencianos no nos resignamos
fácilmente á esa denominación, por no haber sido nunca Cataluña nombre
genérico de estos antiguos estados, y sostenemos la antigua denominación
de lengua y literatura “lemosinas”, teoría que defendió repetidamente
en diversas ocasiones y que otros, como R. Gumiel, aún mantendrían
a principios de siglo (1908) frente a las insinuaciones unitarias
catalanas, porque en Valencia se mantiene con cierta obsesión este
término, destacando en su defensa C. Llombart y el núcleo inicial
de “ratpenatistas”.
Posiblemente el único intelectual vernáculo que plantea el problema
desde una visión racionalista es R. Chabás, uno de los primeros
defensores de la teoría “mozarabista”, y también insiste –en una carta al
alemán P. Berkmans– en las mismas tesis de un origen común para
subrayar la posterior diferenciación. Teorías semejantes sostienen J.
Martí Gadea y P. Boronat, que insisten en la clara divergencia
que ya se constataba y asumía a la entrada en el siglo actual y lo hacen
tanto por su consciente apartamiento del valenciano vulgar y popular como
por puro sentimiento de auto-defensa frente a la pretensión anexionista
catalana porque la táctica a emplear por los “renaixentistas” y luego los
nacionalistas catalanes es bien sencilla: El lemosín, a pesar de ser una
opción utilizada por algunos de sus prohombres en el inicio del
movimiento, no ha existido nunca como tal lengua y no pasa de ser una
referencia geográfica, poniendo en aplicación el siguiente silogismo:
1ª premisa:
El catalán –el antiguo, clásico y hasta ahora llamado lemosín- y el
contemporáneo degradado y lleno de barbarismos es el único idioma del
pueblo catalán.
2ª premisa:
El catalán debe ser el nombre correcto –para Cataluña- de lo que se venía
llamando lemosín, término que se procura desterrar como paso previo al uso
indiscriminado del término catalán.
Ya decía en 1868 Víctor Balaguer con el consiguiente enfado de
T. Llorente: “Llámesela valenciana, mallorquina o catalana, es
igual, pues las tres no son sino ramas de un mismo tronco, pero nunca
lemosina”. El catalán debe ser el nombre correcto –para Cataluña– de
lo que se venía llamando lemosín. La conclusión del sofisma es que todo el
antiguo lemosín debe ser llamado –y considerado– catalán.
IV LA IMPOSICIÓN CATALANISTA
Parece ser que fue Marià Aguiló -el “mestre” de
Llorente y Querol- quien habló por vez primera de la unidad de
la lengua (en los Jocs Florals de Barcelona, 1867) aunque la teoría
impositiva no fue oficializada hasta el 1º Congreso Internacional de la
Lengua Catalana (1906) al que acudieron –o tenían previsto acudir- algunas
de las escasas personalidades y entidades del campo literario que teníamos
en Valencia como el padre Ll. Fullana, T. Llorente, R.
Chabás, J. Mª Giménez Fayos y la entidad Lo Rat Penat
(representada por el catedrático Vicente Macho), proclamada por la
Asamblea celebrada en Valencia con motivo del segundo centenario de la
batalla de Almansa (que, por otra parte, desató las iras anticatalanistas
de los “blasquistas”, los seguidores de Blasco Ibañez) y puesta
inicialmente en práctica por la revista catalana “La Senyera”
(1907)
A partir de estos momentos se intensifica el esfuerzo normalizador de
los catalanes con la creación del Institut d’Estudis Catalans
(1911) y el esfuerzo por apropiarse de nuestros clásicos, tratando de
infiltrar primero e imponer después no sólo el nombre (en el congreso se
oficializó la denominación “catalán” en sustitución de “llemosí”) sino
también la normativa catalana en el Reino de Valencia. Intentos que se
vieron favorecidos no sólo por el favorable influjo de la campaña de
“Germanor” en Lo Rat Penat sino también por la temprana
presencia de elementos pancatalanistas en el seno de las entidades
regionalistas, tanto en Lo Rat Penat (J. Mustieles) como en
las que desde los primeros años del siglo actual iniciaban su eclosión
con el notorio concurso de grupos catalanes y de valencianos afincados en
aquella región (“Valencia Nova” y Miquel Durán y Martínez
Ferrando por ejemplo); pero que asimismo fueron reiteradamente
rechazados por otro grupo de regionalistas conservadores, que habían
captado la jugada (Ventura Pascual decía en 1909: “... se deu
pedre la manía d’escriure en lo que malament es diu “llemosí”, que no es
més que català”) y reiteradamente manifestaron su preferencia por
seguir una “vía valenciana” como aconsejaría Fc. Martínez Martínez
a Fullana cuando el secretario de Lo Rat Penat, Jacinto
Mustieles propuso en la entidad -en 1913- la adopción de las normas
gramaticales que había acabado de aprobar el Institut d’Estudis
Catalans.
Es Fullana, que se ha formado en las teorías unitarias de
Alcover, el que a partir de este momento pasa a liderar la opción
puramente valencianista con la publicación en 1915 de un proyecto de
“Normas” propiciadas por Lo Rat Penat, la elaboración de diversos
trabajos gramaticales (1916) y lingüísticos (1921), la exposición pública
de sus ideas en conferencias y en la prensa (especialmente en 1918) y
finalmente por la docencia llevada a cabo desde las aulas de la
Universidad con aquella cátedra de lengua valenciana que instituyó el
Centro de Cultura Valenciana –en la actualidad Real Academia de
Cultura Valenciana- en 1918.
El P. Fullana se encontraba, sin embargo, sólo en la defensa y
propagación de sus doctrinas lingüísticas, no ya por la oposición que ante
su trabajo encontrara sino mas bien por la indiferencia con la que la
sociedad en general y los políticos en particular mostraron hacia su
labor. La desvertebración regional se había llegado a convertir incluso en
división ante el tema de la enseñanza y propagación del valenciano y
llevaba a la implicación en un doble frente: El alcalde de Valencia, Sr.
Valentín, pretendió –en agosto de 1918- incluir la enseñanza del
valenciano en las escuelas municipales encontrándose con la oposición
cerrada de sus compañeros de partido en el consistorio. El suceso fue
aprovechado por el director del “Diario de Valencia” el carlista
J. Luís Martín Mengod preguntándose si “¿Debe imponerse el estudio
del valenciano?” y respondiendo negativamente por la escasa
consideración en que tenía al valenciano -dialecto catalán- lo que
propició la réplica de Fullana y el inicio de un documentado
debate. Más fuerte era aún el enfrentamiento que mantenían los blasquistas
desde su diario “El Pueblo” contra las tesis catalanistas (cabe
recordar, entre otros, el artículo “La lepra catalanista” aparecido
el 13 de junio de 1907) sin que faltaran las ráfagas contra las
manifestaciones valencianistas, mientras que las diatribas que surgían en
el seno de las entidades regionalistas se centraban más en la lucha contra
el centralismo de Madrid que en la vigorización del movimiento naciente.
Los distintos grupúsculos valencianistas iniciales tenían las ideas
bastante claras, mantuvieron el histórico y permanentemente utilizado
nombre de valenciano y pusieron la prioridad en demostrar su “categoría”,
redimiéndole de su condición de dialecto para darle la dignidad de lengua
o idioma en razón de poseer gramática, diccionario y literatura propia:
“Adoptant aquesta distinció infalible jo proclame ben alt y ab tota
solemnitat qu’ el valencià es un idioma perfecte” dice Fc. Alcaide
Vilar en 1913 y una revista tan catalanista como la fue “El Crit de
la Muntaña” no duda en publicar esta afirmación en su número 3 (1922)
y en el artículo “La llengua del valencians”: “¿Quina es la llengua de
Valencia? La resposta es ben clara: la valenciana”.
Pero tenían, con todo, campo abonado las entidades pancatalanistas en
Valencia como “Valencia Nova” y la “Juventut Valencianista”,
cuya actuación fue intensa en los momentos previos a la dictadura de
Primo de Rivera tanto desde entidades importadas como en la
colaboración prestada a las autóctonas. Entre aquellas destacó “La
Nostra Terra”, fundada en Barcelona en 1916 con objetivos
expansionistas y fines totalmente pancatalanistas y con actuaciones
vigorosas a partir de la remodelación de la delegación valenciana en 1921
(que llevaron a Bayarri a la publicación de su conocido alegato
“El perill catala” (“El peligro catalán”), entre éstas cabe destacar
el humilde pero decisivo esfuerzo llevado a cabo por el prematuramente
desaparecido Vicent Tomás Martí desde su hoja “El Crit de la
Muntanya”.
El tema de la unidad de la lengua tenía otra lectura en los años
veinte. Fullana y sus seguidores aceptaban ya claramente la teoría
mozarabista, impulsada por Chabás y actualizada por el catalán
Grandia en 1901, como parte importante del embrión del valenciano;
para otros, como los nacionalistas agraristas de Vicent Tomás Martí
el lemosín ya estaba identificado con el “valencià”: “Aquella (llengua)
que va esplendir en els dies de glòria de Valencia”; pero tanto unos
como otros continuaban manteniendo un punto de origen común con las otras
lenguas occitanas en cuanto a su desarrollo. El lemosín era, según la
vieja metáfora el árbol del que emergían las tres ramas hispánicas:
catalán, mallorquín y valenciano, plenamente diferenciadas con el paso del
tiempo por haber mantenido una evolución distinta. Para los
pancatalanistas, sin embargo, la unidad de estas tres “ramas” era mucho
más estrecha y se reducían a ser meras variantes de una única lengua: el
catalán, en la que tenían que converger para reconstruir de nuevo la
antigua unidad.
V EL MITO DE LA UNIDAD DE LA LENGUA
En esta convergencia y las consiguientes renuncias discreparon
profundamente Alcover y Fabra, resultando ganador en éste y
en los demás enfrentamientos el químico catalán que propugnaba como modelo
normativo el habla propia de Barcelona. No obstante sus teorías
convergentes por lo que respecta al valenciano fueron muy “suaves” si las
comparamos con actuaciones posteriores de sus discípulos. El “mestre”
recomendaba paciencia en las actuaciones, una cierta autonomía en las
decisiones y un clarividente consejo: buscar los orígenes comunes para
alcanzar la unidad perdida, en detrimento claro de nuestra lengua.
El más fiel interprete de estas consignas fagocitarias en Valencia fue,
sin duda, Carles Salvador, verdadero introductor del “fabrismo”
en dos momentos clave para la evolución del problema lingüístico en
Valencia:
1º Su magisterio a través de los cursos por correspondencia en “El Camí”
(1932), en la redacción de manuales gramaticales en los momentos de
confrontación, pacto y expansión de los años 30 y por medio de sus
tribunas en el Centro de Cultura y la propia Universidad.
2º La incardinación de las teorías del Institut d’Estudis Catalans
en Lo Rat Penat a través de la Gramática de 1951 y de los “cursets”
poco antes iniciados y que él dirigió hasta su fallecimiento en 1955.
Su labor, corroborada ya en aquellos momentos por la Gramática de
Sanchis Guarner (1950) y la importante labor que llevó a cabo este
último en el I.E.C. (Instituto de Estudios Catalanes) y en su
cátedra de “valenciano” de la universidad valenciana en los años
70, completando la zapa iniciada por los catedráticos catalanes que le
precedieron: Reglá, Tarradell, Giralt, Lluch...
ha resultado decisiva en la formación de los cuadros dirigentes del
pancatalanismo actual
Pero la promoción de la idea de la unidad estricta de la lengua no se
basa sólo en las actuaciones de estos docentes. Hay otra vía de irrupción
más a nivel popular y que es la que ha dado el respaldo necesario a estas
actuaciones minoritarias. Se trata de la actuación conscienciadora llevada
a cabo no solamente desde instancias externas como pueden ser los grupos
de exiliados de la postguerra que actuaron preferentemente desde México y
Argentina con revistas tan decisivas como “Pont Blau” o el decisivo
apoyo moral, formativo y económico prestado a los grupos “internos” por
los intelectuales catalanes o la Banca Catalana a través del
Omnium Cultural, sino también por la aceptación sincera y
desinteresada de estas doctrinas por parte de la casi totalidad de
nuestros escritores regionalistas de la postguerra, que se acercaron, una
vez más, a Cataluña en busca del norte lingüístico que creyeron se hallaba
allí. Muchos de ellos: Adlert, Casp, Almela, Ubeda
o Beüt, abrieron los ojos a tiempo, alarmados por el alcance
político que implicaba lo que en principio no era más que una entelequia
lingüística y francamente asustados por la presentida anexión del “País
Valencia” (País Valenciano) dentro de los quiméricos “Païssos
Catalans” (Países Catalanes); pero no hay duda en que es desde la
postguerra y, especialmente, desde las campañas de los primeros años de la
década de los sesenta cuando la idea de la “unitat de la llengua”
se hace francamente visible en su desnudez conceptual.
Desde aquel nostálgico término "llemosí"
que rescataron los ilustrados del siglo XVIII e hicieron reverdecer
nuestros románticos “renaixentistas” hasta el “parlem català” de
los años setenta apenas ha transcurrido un siglo; pero han hecho falta
muchas insinuaciones, presiones, negligencias y recompensas para que la
transición se pudiera producir. Hoy apenas unas décadas después de la
desaparición de P. Fabra, C. Salvador o Sanchis Guarner,
que habitualmente usaron el término “valencià” para nuestra lengua no
obstante su defensa de los planteamientos unitarios, sus teorías ya han
quedado sustancialmente arrinconadas y superadas ante la actitud más
comercial y política que gramatical de intentar imponer un nuevo mito: el
de la “unidad de la lengua”, rota y seccionada, según sus teorías, por la
reacción airada; pero pacífica de un pueblo que tan sólo pretende
conservar lo que siempre ha tenido por suyo: la lengua valenciana.
La pretensión de convertir la utópica añoranza del “llemosí” de
los tiempos gloriosos del Conquistador que manifestaron nuestros
románticos “renaixentistas”, en doctrina científica por medios políticos y
actuaciones educativas no es más que un mito, uno más entre los muchos que
se están imponiendo con la transformación de un dogmatismo repetido
reiteradamente en un pretendido dogma científico.
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| Autor: Alfons Vila Moreno Editor: Real Academia de Cultura Valenciana, Fora de serie nº 33. Valencia, 1998 ISSN: 0214-025 X |